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Los
países de América Latina
y sus sociedades están asistiendo a los actos finales
de la tensión creciente entre dos actitudes que han contendido
desde la primera Revolución Industrial, y que ahora vuelven
a competir en la preferencia de ideas, poderes y actitudes:
el productivismo versus el humanismo.
El productivismo es esa manera de actuar y hacer que se traduce
en producir más / consumir más, en un proceso
lineal de extracción-producción-consumo-desperdicio
altamente pernicioso. Este proceso es "No sustentable",
para adoptar la expresión oficializada por las Naciones
Unidas, en ocasión de la Conferencia Mundial de Naciones
Unidas sobre Medio Ambiente y Desarrollo (UNCED, Río
de Janeiro, 1992).
A su vez, es claro que el sello de relativo egocentrismo del
humanismo renacentista debe ceder su lugar a un ecocentrismo,
con el hombre dentro.
En ese sentido, desde fines del siglo pasado la filosofía
y las ciencias comenzaron a aportar al mundo del conocimiento
una ruptura epistemológica colosal: la concepción
de sistema y, en particular, la aplicación de dicho paradigma
a las ciencias del hombre y la naturaleza. Este proceso se aceleró
últimamente. Y es así que luego de décadas
de concentración en el conocimiento sectorial y la profundización
por el detalle se ha pasado a un nuevo tiempo donde la comprensión
del todo y su comportamiento complejo es aquello que atrapa
las inteligencias y las pasiones.
En esta concepción, debe reconocerse
al ambiente como la interacción dinámica del hombre
y el medio, de los hombres entre sí (el ambiente como
ámbito de comunicación humana) y del hombre no
alienado ni masificado consigo mismo, en un concreto
tiempo y lugar, pero en la dimensión histórica
y cultural que carga de significado político a toda modificación
a introducir. El ambiente no es entonces el soporte ecológico,
ni una proyección ampliada de la ecología clásica,
sino una nueva visión integral del mundo, más
justa y responsable, con las disciplinas del conocimiento convergentes
al reconocimiento de su problemática y el potenciamiento
de su transformación benéfica.
La formación en las ciencias ambientales en general,
y en desarrollo sustentable, en particular, comporta
la ventaja de propender a una renovación de los conocimientos
y la cultura en la dirección de un compromiso con la
ética de la responsabilidad y la solidaridad.
En esa nueva actitud ética y solidaria, la
capacitación para construir y mejorar el ambiente es
la vía más eficaz para impedir que se degrade
hasta lo irreversible y para comenzar desde ahora a recuperarlo.
Para ello, es necesario poner el acento en programas formativos
que creen los recursos humanos y una conciencia pública
generalizada que permita adoptar un proceso endógeno,
genuino e integrado de desarrollo, esto es, un desarrollo ambientalmente
maduro: un desarrollo sustentable. Para arribar a esta meta,
es imprescindible pasar del generalismo declamativo de la militancia
ecologista, al generalismo practicante del accionar maduro sobre
el ambiente. Pero también se debe pasar del mito de la
especialización sectorial (que posee cada vez menos respuestas)
al conocimiento holístico con rigor y nuevos horizontes
de destreza específica.
Esta última y novedosa tensión recuerda un problema
bien conocido. El cambio de escala de los sistemas sociales
fueron concibiendo un mundo hecho de macro decisiones (tomadas
en los centros de poder político, militar y económico)
debajo de los cuales los individuos pueden practicar sólo
una libertad individual en su pequeño universo de decisiones
a micro escala (sin participación adecuada y real), que
no son de otra naturaleza que la de las especificidades aludidas.
El individuo de ese mundo empieza a olvidar su condición
proyectual : su condición de producir innovaciones, transformaciones,
interpretaciones nuevas de la realidad. Es así como la
vocación humana esencial por el proyecto empieza a perder
lugar frente a la práctica cotidiana de los ritos de
la civilización organizada.
Obviamente, la visión ambiental del mundo propone (y
reclama) otro comportamiento social e individual, en especial
en los países en vías de desarrollo. Es
necesaria la imaginación para compaginar nuestros esfuerzos
e inventivas y superar el gran abismo entre nuestras necesidades
y nuestros recursos. |
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